La Patagonia no está vacía: tiene productores, historia, trabajo y futuro
nuestra profunda preocupación por algunos conceptos vertidos en la nota publicada por La
Nación bajo el título “Patagonia indómita. En Santa Cruz, la naturaleza se tomó revancha y la
meseta vuelve a ser salvaje”.
Rural Comodoro
Especialmente por aquellas expresiones que comparan la disminución de la producción ovina
con la desaparición de antiguos oficios, como los vendedores de velas en Plaza de Mayo. Esta
comparación no solo resulta desacertada: también desconoce la historia, la identidad y la
realidad social, económica y territorial de la Patagonia productiva.
La ganadería ovina no es una actividad pintoresca del pasado, es una actividad productiva
vigente, con más de un siglo de arraigo, que permitió poblar la meseta, sostener familias, abrir
caminos, levantar escuelas rurales, producir carne, lana y genética, mantener puestos de
trabajo, generar exportaciones, cultura y soberanía territorial en pueblos que aún hoy viven de lo
que produce el campo. Allí donde hay una majada, también hay una familia, un trabajador rural,
un alambrador, un esquilador, un transportista, una comparsa de esquila, un comercio, una
escuela que resiste y una comunidad que no quiere desaparecer y que es un eslabón
fundamental en la alimentación de los argentinos.
Reducir esa realidad a una anécdota de “oficio extinguido” es mirar la Patagonia con una visión
romántica y parcial. La desaparición de la oveja no sería un proceso natural ni inevitable: sería
el síntoma de una derrota colectiva de la industria, el Estado, de las políticas públicas, de la
infraestructura rural, de la seguridad, de la sanidad animal, del manejo de fauna y de la falta de
acompañamiento a quienes producen en condiciones extremas.
Las estadísticas oficiales demuestran que la ganadería ovina sigue siendo una actividad central
en la Patagonia. Según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca y SENASA, al
31 de marzo de 2025 Chubut registraba casi 3 millones de ovinos y Santa Cruz más de 2
millones. No estamos hablando de una postal antigua: estamos hablando de una cadena
productiva real, todavía activa, pero gravemente amenazada.
Es cierto que la actividad atraviesa una crisis profunda. La caída del stock ovino, el cierre de
establecimientos, el avance del despoblamiento rural, la falta de rentabilidad, los depredadores,
el crecimiento descontrolado de especies que compiten por pasto y agua, el abigeato, la
informalidad y las enfermedades sanitarias están poniendo en riesgo la continuidad de miles de
productores patagónicos. El problema no es la existencia de la oveja; el problema es la falta de
políticas serias para sostener un modelo productivo adaptado al ambiente patagónico.
Especialmente por aquellas expresiones que comparan la disminución de la producción ovina
con la desaparición de antiguos oficios, como los vendedores de velas en Plaza de Mayo. Esta
comparación no solo resulta desacertada: también desconoce la historia, la identidad y la
realidad social, económica y territorial de la Patagonia productiva.
La ganadería ovina no es una actividad pintoresca del pasado, es una actividad productiva
vigente, con más de un siglo de arraigo, que permitió poblar la meseta, sostener familias, abrir
caminos, levantar escuelas rurales, producir carne, lana y genética, mantener puestos de
trabajo, generar exportaciones, cultura y soberanía territorial en pueblos que aún hoy viven de lo
que produce el campo. Allí donde hay una majada, también hay una familia, un trabajador rural,
un alambrador, un esquilador, un transportista, una comparsa de esquila, un comercio, una
escuela que resiste y una comunidad que no quiere desaparecer y que es un eslabón
fundamental en la alimentación de los argentinos.
Reducir esa realidad a una anécdota de “oficio extinguido” es mirar la Patagonia con una visión
romántica y parcial. La desaparición de la oveja no sería un proceso natural ni inevitable: sería
el síntoma de una derrota colectiva de la industria, el Estado, de las políticas públicas, de la
infraestructura rural, de la seguridad, de la sanidad animal, del manejo de fauna y de la falta de
acompañamiento a quienes producen en condiciones extremas.
Las estadísticas oficiales demuestran que la ganadería ovina sigue siendo una actividad central
en la Patagonia. Según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca y SENASA, al
31 de marzo de 2025 Chubut registraba casi 3 millones de ovinos y Santa Cruz más de 2
millones. No estamos hablando de una postal antigua: estamos hablando de una cadena
productiva real, todavía activa, pero gravemente amenazada.
Es cierto que la actividad atraviesa una crisis profunda. La caída del stock ovino, el cierre de
establecimientos, el avance del despoblamiento rural, la falta de rentabilidad, los depredadores,
el crecimiento descontrolado de especies que compiten por pasto y agua, el abigeato, la
informalidad y las enfermedades sanitarias están poniendo en riesgo la continuidad de miles de
productores patagónicos. El problema no es la existencia de la oveja; el problema es la falta de
políticas serias para sostener un modelo productivo adaptado al ambiente patagónico

